jueves, 1 de enero de 2015

CAPITULO 8




Con el corazón a punto de escapársele del pecho, Pedro llevó a Paula hasta el dormitorio. Las puertas del balcón estaban abiertas y se sentía en la habitación la fragancia fresca del jardín y una brisa que hacía bailar las cortinas blancas.


Su deseo no había disminuido, pero se obligó a sí mismo a recordar que había prometido seducirla con sutileza y no apresurarse. Y más aún sabiendo que un desalmado había intentado violarla. Pero en el momento en que lo miró con aquellos enormes ojos azules y descubrió en ellos el mismo deseo, no pudo pensar en otra cosa que en hacerle el amor hasta el amanecer.


–Por fin estamos solos –le susurró–. Olvidemos el resto del mundo por un momento y vamos a concentrarnos únicamente el uno en el otro… ¿de acuerdo?


–Sí… sí.


La vio estremecerse al empezar a desabrocharle los botones del vestido. También a él le temblaban los dedos y tuvo que hacer un verdadero esfuerzo por mantener la calma, especialmente al verla en ropa interior. Si el recatadísimo bañador había logrado disimular un poco la sensualidad de su cuerpo, el conjunto de encaje rosa de braguita y sujetador sin tirantes a juego hacía justo todo lo contrario.


 Tenía un cuerpo exquisito; delgado, pero con generosas curvas, y su piel pálida y suave parecía invitar a acariciarla.


–Estaba en lo cierto –murmuró mientras le pasaba la mano desde el cuello hasta el ombligo.


–¿Sobre qué?


–Que bajo ese disfraz de la chica corriente que dices ser, se esconde el cuerpo fascinante e hipnótico de una tigresa.


Sus palabras provocaron en ella un delicioso rubor.


–No es cierto.


–Claro que lo es –insistió él, riéndose suavemente–. Tu lencería es muy seductora, pero me temo que tengo que despojarte de ella para hacer lo que me propongo.


–¿Y qué es lo que te propones?


–Hacerte el amor hasta el amanecer.


Ella apartó la mirada con timidez, mordiéndose el labio inferior, pero lo que dijo a continuación no denotaba timidez alguna:
–Esa cama está todavía muy lejos.


Pedro sonrió encantado antes de levantarla del suelo y llevarla en brazos hasta la enorme cama.



****


Lo que estaba ocurriendo excedía a cualquier cosa que Paula hubiese podido imaginar, o incluso soñar. Se encontraba en el dormitorio principal de una mansión increíble junto a un hombre increíble que estaba a punto de convertirse en su amante. Mientras lo veía desnudarse, ya tumbada en la cama, Paula no podía dejar de temblar de emoción e impaciencia. Observó la belleza de su cuerpo con el deleite y la admiración de quien se encontraba ante una obra de arte y, al levantar la vista hasta su rostro, se dejó sumergir en las profundidades de aquellos ojos oscuros capaces de hacerla derretir sin el menor esfuerzo.


–Ven y bésame –le ordenó Pedro con la voz empapada de deseo.


Y ella, completamente hipnotizada, obedeció. Pedro la estrechó en sus brazos y la liberó del sujetador antes de volver a besarla y tumbarla lentamente.


–No es tu primera vez, ¿verdad? –le preguntó entonces, observando su reacción a la pregunta.


–No –respondió ella, nerviosa–. Pero solo he estado una vez con un hombre.


Prefirió no recordar la humillante experiencia de entregarse a su novio de la universidad y que después él la abandonara al día siguiente porque había otra chica que le gustaba más. 


Así pues, el sexo para ella había sido un cúmulo de experiencias negativas. Pero nunca había sentido nada parecido a lo que sentía por Pedro y por eso sabía instintivamente que esa vez iba a ser diferente. Hacer el amor con él iba a ser maravilloso.


Sin decir nada más, Pedro bajó las manos para despojarla también de las braguitas y luego recorrió también su cuerpo con los labios hasta llegar a la cara interna de los muslos. 


Paula cerró los ojos y se dejó llevar por una sensación completamente desconocida.


Pedro exploró íntimamente su cuerpo con la lengua, borrando cualquier pensamiento de su mente y llenándolo todo de placer. Paula se rindió a dicho placer, a la reacción natural de su cuerpo y entonces fue como si se derritiera por dentro, como si la recorriera un río de lava que dejaba a su paso miles de escalofríos. De sus labios salió un grito ahogado de éxtasis.


Pedro murmuró algo que no entendió, pero al abrir los ojos, se encontró con su rostro delante de los ojos, observándola con una sonrisa en los labios.


–Ha sido increíble –le dijo, acariciándole la mejilla.


Él giró la cara para besar la mano que lo acariciaba.


–También para mí. Te estás convirtiendo en una especie de adicción, Paula. Estoy enganchado a tu olor, a tus caricias y me temo que siempre voy a querer más.


Paula levantó las piernas y lo rodeó con ellas de manera instintiva. Él recibió el gesto con una mirada de agradecimiento justo antes de zambullirse en su interior. Se quedó inmóvil unos segundos para que su cuerpo se acostumbrara a él mientras la miraba a los ojos fijamente y parecía tan asombrado como ella. Cuando comenzó a moverse, Paula buscó sus labios con un ardor que jamás había sentido, que ni siquiera se habría sentido capaz de albergar. Era todo un descubrimiento.


Su amante la llevó en pocos minutos a un lugar parecido al que la había llevado antes y se dejó arrastrar sin ningún tipo de restricción. Hundió la cara en su cuello y, con las lágrimas cayéndole por las mejillas, sintió que volaba. Pedro le agarró la cara con las dos manos y la besó en el mismo instante en que también él se liberaba.


Pedro tardó unos segundos en darse cuenta de lo que había hecho. ¿Acaso había perdido la cabeza? Acababa de hacerle el amor a Paula sin pensar siquiera en ponerse protección. Las ansias de hacerla suya habían sido tan arrolladoras que no había podido pensar en nada más.


–¿Pedro? ¿Estás bien?


–Sí –consiguió decir ante la evidente preocupación de Paula–. Más que bien después de lo que acabo de sentir. Pero también debo reconocer que he sido un inconsciente. Debería haber usado protección, pero estaba tan entusiasmado con lo que estaba ocurriendo, que no me he dado cuenta. No sé qué decirte, Paula, solo que lo siento mucho.


–La culpa también es mía, Pedro. Me he dejado llevar tanto como tú. Puedes estar tranquilo que, si ocurre algo, no te reclamaré ningún dinero ante un juez.


Lo dijo con tal seriedad que Pedro tardó unos segundos en estar seguro de que estaba bromeando. Durante esos segundos, había vuelto a invadirle la sensación de que lo único que le interesaba de él a todo el mundo era su dinero.


–No bromees con eso –gruñó–. En serio, si te quedaras embarazada, quiero que sepas que puedes contar con mi ayuda en todo y no tendrías que llevarme ante un juez… A partir de ahora tendré más cuidado cuando hagamos el amor.


Paula se incorporó para mirarlo y Pedro pudo ver que había dejado atrás las bromas.


–No me estoy tomando a la ligera la posibilidad de que me haya quedado embarazada. Sé que tener un hijo es algo que me cambiaría la vida, además de una enorme responsabilidad. Pero lo hecho, hecho está y lo único que podemos hacer ahora es esperar. ¿Te parece muy egoísta que disfrutemos del momento? Los dos trabajamos mucho y somos dos personas muy responsables, creo que nos merecemos relajarnos un poco y no preocuparnos para nada. Hemos decidido que vamos a pasar las vacaciones juntos y luego seguiremos cada uno con nuestra vida. Por cómo has reaccionado a mi broma, deduzco que te ha engañado más de una mujer, pero conmigo no tienes por qué preocuparte. Te estoy muy agradecida por lo que has hecho por esos niños africanos, pero no quiero absolutamente nada para mí… excepto tu compañía, al menos hasta que acaben las vacaciones. Después volveré a Londres y no volverás a saber nada de mí si no quieres.



****


El miedo le heló la sangre. Le enfurecía la idea de que pudiera volver a su vida de siempre tan fácilmente como si nada hubiera sucedido.


–Pero ¿y si de verdad te has quedado embarazada? –le preguntó, agarrándole la muñeca–. ¿Tampoco sabré nada de ti?


Paula apartó la mano y lo miró con gesto herido durante un momento. Después se tumbó a su lado en la cama y respiró hondo. Pedro se sintió afortunado de estar ante tanta belleza.


–No, Pedro. Si resultara que estoy embarazada, te lo diría. Pero permíteme que te pregunte algo… ¿tú quieres tener hijos?


Era la pregunta más difícil que le habían hecho nunca. La idea de ser padre era algo que le asustaba profundamente, pero que también le hacía albergar muchas esperanzas.


–No tengo ningún modelo que seguir, ni sé bien todo lo que conlleva ser padre –reconoció con voz grave y con repentina tristeza–. ¿Y tú? ¿Albergas el deseo de ser madre?


–Quizá algún día, pero no todavía. Antes quiero dedicar toda mi energía a ayudar a otros niños. Pero… estamos preocupándonos por algo que seguramente no va a ocurrir –dijo entonces, como si se le hubiera ocurrido algo más apremiante–. Sé que creciste en un orfanato, pero ¿alguna vez viste a tu padre?


Pedro se sentó en la cama y rehuyó la mirada de Paula, incluso cuando ella se sentó también.


–No. Mi madre murió al dar a luz y mi padre me dejó en el orfanato porque no se sentía capaz de criarme solo. ¿Estás contenta ya de conocer toda la triste historia?


–No, Pedro.


El tono de compasión que había en su voz le hizo explotar.


–No se te ocurra tenerme lástima porque entonces tendré que pedirte que te vayas y no te volveré a ver más. ¿Entendido?


Ella asintió sin decir nada.


Pedro apenas podía contener la furia que se había apoderado de él. No quería que nadie analizase su pasado, ni sus emociones… especialmente Paula. No quería verse tentado a contarle cosas que solo servirían para hacerle sentir mal, cosas que seguramente le habían hecho ser quien era, pero que se había esforzado mucho en mantener olvidadas para poder seguir adelante.


Cuando pensaba que por fin estaba recuperando el control de sus emociones, Paula volvió al ataque con su empeño por decir siempre lo que pensaba:
–No siento lástima por ti, Pedro. Lo que ocurre es que me da tristeza que pienses que no mereces compasión o comprensión… y esa es la impresión que me da. Eres muy buena persona, Pedro, y me cuesta creer que…


–Te lo he advertido y no has querido escucharme. Quiero que te vayas.


Se pasó la mano por el pelo. Tenía el corazón en la garganta y no podía dejar de preguntarse por qué estaba siendo tan autodestructivo, por qué quería despojarse de lo mejor que le había pasado últimamente. Era lo mismo que había hecho de niño; si alguien intentaba acercarse a él, lo apartaba por miedo a que no fueran sinceros o a no estar a la altura de lo que pudieran esperar de él.


–Muy bien –murmuró Paula mientras lo observaba con sus preciosos ojos azules y, seguramente, extraía más conclusiones de su comportamiento.


Cuando vio que se apartaba la ropa de cama con la que se había tapado y se disponía a levantarse, Pedro recuperó el sentido común y la abrazó por detrás. La apretó contra su pecho al tiempo que le acariciaba los senos y se dio cuenta de que jamás había sentido semejante deseo por ninguna mujer; la necesitaba tanto como el aire que respiraba.


–No quiero que te vayas –le dijo–. No sé por qué he dicho esa estupidez.


Ella le apartó las manos y se volvió a mirarlo con una sonrisa en los labios.


–No me habría ido. Habría ido a la cocina, le habría pedido a Inês que me hiciera un té y luego habría esperado hasta que estuvieras más tranquilo.


–¿Ah, sí? –la miró sin ocultar su asombro y luego la besó con toda la pasión que sentía hacia ella–. No sé si eres muy terca o muy osada –le dijo después, mirándola a los ojos.


–Mi padre siempre dice que soy terca como una mula. Nunca dejo que el miedo se apodere de mí… salvo después de que mi exnovio me agrediera; entonces dejé que el miedo me impidiera acercarme a ningún otro hombre y me arrepiento mucho de ello.


Pedro la miró sin poder creer que estuviera ante una mujer tan valiente y tan admirable.


Un segundo después sus pensamientos se volvieron mucho más primarios.


–¿No te parece que ya hemos hablado suficiente? –le dijo con una sonrisa pícara en los labios–. Podemos seguir charlando más tarde.


–Como quieras –respondió ella con gesto provocador.


Pedro no pudo hacer otra cosa que tumbarla y demostrarle el deseo que sentía de la manera más elocuente… y placentera.



****


Era extraño haber pasado toda la noche con una mujer sin sentir la necesidad de levantarse de madrugada para trabajar o simplemente para alejarse. Pedro se dijo a sí mismo que era porque estaba de vacaciones, pero sabía que era más que eso.


Mientras la veía dormir recordó que cabía la posibilidad de que la hubiera dejado embarazada y tuvo de pronto una sorprendente sensación de esperanza.


No tenía familia y jamás había albergado siquiera la idea de casarse algún día y tener hijos. Quizá porque nunca había estado enamorado de ninguna mujer lo suficiente para contemplar dicha idea.


Al mirar el rostro de Paula se le aceleró el corazón. ¿Y si tuvieran un hijo juntos, a quién se parecería? … Justo en ese momento Paula abrió los ojos.


–¿Qué haces? –le preguntó con voz suave.


–Mirándote y pensando en lo hermosa que eres.


–Con esos cumplidos podrías conseguir cualquier cosa de mí.


–Esa era la idea.


–Pero me temo que me he despertado con ganas de ir a nadar… ¿puedo?


Pedro retiró las sábanas y la miró con la sonrisa más seductora que tenía.


–Después de que hagamos el amor –le dijo.


Paula se sonrojó, pero no intentó volver a taparse.


–Es una suerte que estés en tan buena forma porque eres insaciable –susurró mientras le echaba los brazos alrededor del cuello.




CAPITULO 7



Mientras sus manos recorrían el cuerpo de Paula bajo el agua, a Pedro no le preocupaba lo más mínimo haberse dejado llevar por la locura de ese modo tan poco habitual en él. Lo único que sabía era que la idea de estar lejos de aquella mujer le resultaba absolutamente inconcebible.


Besarla era la experiencia más placentera que había tenido en toda su vida. Su boca habría podido hacerle olvidar hasta quién era. Cuando estaba con ella y era testigo de su bondad, Pedro se sentía mejor persona. En lugar de hacerle seguir caminando por aguas turbulentas y llenas de tiburones como llevaba haciendo toda la vida para superar sus humildes orígenes, el destino le había regalado aquella sirena de cabello rubio que le había recordado otras necesidades humanas igualmente importantes. Necesidades como la de estar en compañía de una mujer a la que admiraba de verdad. Pero su bondad y su inteligencia le parecían aún más increíbles desde que había descubierto también lo mucho que la deseaba.


Se apartó de ella solo unos centímetros, lo justo para bajarle los tirantes del bañador y dejar a la vista sus pechos. El río de lava que corría ya por su interior le impidió resistirse a la tentación de llevarse a la boca uno de sus pezones mientras acariciaba el otro con la mano. El corazón le dio un vuelco al oír el gemido que salió de su boca y sentir que sumergía los dedos en su cabello para que no se moviera de donde estaba.


Unos segundos después, cuando creía que estaba a punto de explotar por las ansias de estar dentro de ella, levantó la cabeza y volvió a apoderarse de su boca. Pero de pronto notó que su cuerpo se ponía en tensión y sintió una reticencia que no esperaba. Al mirarla no vio en sus ojos el temor que había aparecido en la fiesta, cuando la había agarrado por la cintura, pero era evidente que tampoco se sentía cómoda.


–¿Qué ocurre? –le levantó la cara para que lo mirara.


–Nada… Pero necesito que vayamos más despacio.


Pedro maldijo para sus adentros. Había sido culpa suya, pero se veía incapaz de controlar el deseo que sentía por ella.


Fue entonces cuando vio que tenía los ojos llenos de lágrimas de miedo y supo que algún hombre la había tratado mal, quizá incluso físicamente. Le secó con el dedo una lágrima que le caía por la mejilla y deseó encontrarse algún día con el sinvergüenza que se había atrevido a hacer daño a un ser tan dulce.


–Tranquila, ángel mío –le susurró–. Jamás se me ocurriría obligarte a hacer nada que no deseases. Te lo prometo. Entiendo que alguien te hizo daño, ¿verdad? ¿Quieres contármelo?


Al mirar a Pedro y ver la compasión que había en sus ojos supo con absoluta certeza que no era el tipo de hombre que abusaría de una mujer… no como había intentado hacer el borracho de su exnovio.


Era justo darle una explicación. No había pretendido que dejara de besarla apasionadamente, puesto que ella estaba tan excitada como él, pero al darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, se había agobiado. No tenía miedo de que la maltratara, pero le costaba mucho creer que un hombre pudiera ser tierno con ella, con sus deseos y con su cuerpo.


Tomó aire y volvió a soltarlo lentamente.


–Mi exnovio intentó violarme.


La compasión de Pedro dejó paso a una furia que también se reflejó en sus ojos y en la maldición que salió de sus labios.


–¿Lo denunciaste?


–Estaba borracho, más de lo que yo creía y… no, no lo denuncié.


–¿Cuándo ocurrió?


–Hace casi dos años.


–¿Y no has estado con ningún otro hombre desde entonces?


–No –admitió, ruborizada.


Pedro le acarició la mejilla tiernamente.


–Paula, eres joven y hermosa. No dejes que el comportamiento de un animal insensible te impida mantener una relación plena porque estás en tu derecho de tenerla y poder disfrutar de ella.


Paula asintió, maravillada por su ternura, su comprensión y por el esfuerzo que estaba haciendo por consolarla, en lugar de ofenderse y pensar que lo había provocado, como habrían hecho algunos hombres.


–Estoy intentando olvidar lo que ocurrió, pero no es fácil.
Pedro guardó silencio durante unos segundos.


–Lo entiendo –dijo por fin–. Me cuesta tener paciencia porque me siento muy atraído por ti, pero prometo que aprenderé a tenerla. Sé que merecerá la pena esperar.


Paula sintió que el hechizo en el que parecía haberla envuelto Pedro era cada vez más intenso y profundo, como una tela de araña de la que sería muy difícil deshacerse.


–A lo mejor podríamos… intentarlo más tarde –le sugirió tímidamente, pues su caballerosidad y dulzura no había hecho más que aumentar el deseo que sentía por él.


Pedro asintió suavemente antes de acercarse a ella y sorprenderla con un beso increíblemente erótico.


–Sí que podríamos intentarlo, sí –murmuró al separarse de ella–. Ahora necesito quitarme esta ropa y secarme. Va a venir mi secretaria a traerme el correo y a ponerme al día en un par de asuntos. No creo que tardemos mucho. Mientras, puedes cambiarte en la caseta blanca que hay ahí detrás de esos árboles –le señaló un tejado blanco que se veía entre los pinos–. Allí encontrarás todo lo que necesites,  incluyendo una ducha. Después puedes esperarme en la sala de estar tomando algo. Pase lo que pase, te prometo que esta noche lo pasaremos bien.


Dicho eso, Pedro se salió del agua y, sin mirarla, se desnudó y se secó bien con una toalla que después se puso a la cintura para alejarse de allí rumbo a la casa.


Paula supo que la imagen de su cuerpo desnudo, bronceado y perfecto le quedaría para siempre grabada en la memoria, igual que el recuerdo del placer que le había hecho sentir su boca en el pecho.


Cuando salió de la caseta, de nuevo vestida, peinada y ligeramente maquillada, el sol estaba a punto de ocultarse en el horizonte y tuvo que detenerse a contemplar tan increíble espectáculo de la naturaleza. Habría querido que Pedro estuviese a su lado para disfrutar juntos de tanta belleza y el hecho de que no estuviera le hizo sentir un extraño vacío.


Una vez se hubo ocultado el astro rey y el color naranja de su luz se hubo disipado en el cielo, Paula echó a andar hacia la casa, preguntándose cómo sería la secretaria de Pedro y esperando que no lo entretuviera mucho tiempo.


Se encontraba en el pasillo que conducía a la sala de estar cuando oyó que Inês abría la puerta principal e invitaba a entrar a la secretaria. Le sorprendió oír que tenía acento inglés. La mujer saludó al ama de llaves con cariño. Parecía una persona culta y amable. Paula sintió que se le deshacía el nudo de nerviosismo que se le había formado en la boca del estómago. Después de estar con tantos esnobs en la fiesta de Francesca Bellini, era agradable saber que la secretaria de Pedro no hablaba en ese tono de superioridad tan odioso.


La curiosidad por poner cara a tan bonita voz la llevó a dar marcha atrás por el pasillo y, al asomar la cabeza, vio una atractiva mujer de mediana edad con el pelo castaño y ondulado por encima de los hombros. Vestía un traje gris elegante, pero sencillo.


Seguía hablando y sonriendo a Inês cuando se percató de su presencia. La sorpresa inicial se convirtió de nuevo en sorpresa cuando, rodeando al ama de llaves, se dirigió hacia Paula y le tendió una mano.


–Tú debes de ser Paula. Tenía muchas ganas de conocerte. Soy Marta, la secretaria de Pedro.


Le estrechó la mano con la misma calidez con la que se había presentado.


–Encantada de conocerte, Marta. ¿Has tenido que conducir mucho para venir hasta aquí?


La secretaria se echó a reír.


–¡No! Estoy alojada en uno de los hoteles del jefe, a un par de kilómetros de aquí. Esté donde esté, a Pedro siempre le gusta tenerme cerca. Ese hombre siempre está trabajando, así que yo también. Claro que ahora que me ha dicho que se va a tomar unas pequeñas vacaciones después de la reunión, por fin voy a poder tomarme unos días libres también yo. Voy a ir a Londres, a mi casita, donde apenas paso tiempo. ¡Estoy impaciente!


–Yo también soy de Londres.


–Lo sé. Me lo dijo Pedro. También me ha dicho que has estado varias veces en África, ayudando a niños huérfanos.


–Así es. Trabajo para una organización humanitaria que se dedica a eso.


–Es admirable, Paula. No hay muchas mujeres jóvenes y guapas que elijan un trabajo tan maravilloso, pero tan poco lujoso… lo cual es una lástima, por cierto.


–Para mí fue una elección muy sencilla. El amor de esos niños es incondicional, a pesar de encontrarse en las peores circunstancias del mundo.


–Bueno, ahora que te conozco entiendo que Pedro haya decidido tomarse unas vacaciones. Te estoy muy agradecida. ¿Sabes que no se toma un descanso prácticamente nunca?


Paula seguía sonriendo a Marta cuando se abrieron las puertas dobles del vestíbulo y apareció Pedro, que puso cara de sorpresa y socarronería al ver que estaba charlando con su secretaria.


–Marta. No sabía que habías llegado. ¿Qué tal estás? ¿Te cuidan bien en el hotel?


–Hola, Pedro. Estoy muy bien, gracias. Estaba presentándome a tu encantadora amiga.


Apenas le lanzó una fugaz mirada, pero para Paula fue como si la rozara un cable de alto voltaje.


–Muy bien –respondió antes de abrir un poco más una de las puertas–. ¿Por qué no pasas a mi despacho y te pones cómoda? Inês, ¿podrías traernos café?


–Claro, senhor.


En cuanto el ama de llaves se dio media vuelta para marcharse y Marta se metió en el despacho después de despedirse de ella, Pedro se acercó a Paula. En ese momento Paula pensó que tenía más aspecto de estrella de Hollywood de lo que jamás podría alcanzar Lincoln Roberts; tenía esa elegancia natural y ese atractivo sexual que hacía que le temblaran las piernas solo con tenerlo cerca.


–¿Has encontrado todo lo que necesitabas en la cabaña de la piscina? –le preguntó mientras le levantaba la barbilla para que lo mirara.


–¡Esa caseta está mejor equipada que una suite del Ritz! Claro que yo no sé cómo son las habitaciones del Ritz –se apresuró a añadir.


Pedro se echó a reír.


–Algún día te llevaré, si tú quieres.


–No pretendía sugerir que…


–Lo sé. Pero podríamos imaginarnos yendo juntos, ¿no?


–Prefiero dejar que te reúnas con Marta. Parece encantadora, por cierto.


–Lo es. Y también es muy eficiente. Ya te dije que solo contrato a los mejores –añadió clavando la mirada en los ojos de Paula.


Ella no pudo parpadear siquiera, impaciente por volver a estar a solas con él.


Pedro bajó la voz.


–No te vayas muy lejos. No tardaré.



****



Paula salió directamente a la terraza de la sala y allí rezó para que, efectivamente, Pedro no tardara en reunirse con ella. Estaba más tranquila ahora que conocía a Marta y que la amable secretaria le había dicho que no era habitual que su jefe se tomase vacaciones; lo que daba a entender que esa vez lo estaba haciendo por influencia de Paula.


Respiró hondo y trató de concentrarse en disfrutar de las vistas que ofrecía la terraza. El frescor de la brisa le provocó un escalofrío. No tenía nada con lo que abrigarse, pues, al salir de casa esa mañana, no se le habría ocurrido ni imaginar siquiera que fuera a estar fuera hasta tan tarde.


Miró al interior de la sala y de pronto la asaltó la duda. ¿Qué estaba haciendo? Debería irse a casa. Pedro podía tardar horas en volver de la reunión y quizá después siguiese pensando en el trabajo y ya no le apeteciese pasar la velada con ella.


Entonces recordó la expresión de su rostro cuando le había dicho que no tardaría y pensó que probablemente se estaba preocupando sin motivo. Trató de pensar en otra cosa, pero su mente parecía empeñada en volver una y otra vez a Pedro.


Sabía que el mundo lo veía como una persona privilegiada que no tenía las mismas necesidades que el resto de los mortales, necesidades como descansar del trabajo de vez en cuando o contar con el apoyo de familiares y amigos que lo quisieran. Las pocas veces que había bajado la guardia sin darse cuenta y había hecho algún comentario sobre su infancia, Paula había visto en sus ojos tanto dolor y tanta soledad que se le encogía el estómago.


–Senhorita? –la voz de Inês la sacó de su ensimismamiento–. El senhor Alfonso me ha pedido que le diga que ya no tardará mucho y que les he servido algo de comer en el patio interior. Si quiere, la acompaño para que lo espere allí.


Paula siguió al ama de llaves sin imaginar las delicias que la esperaban en aquel maravilloso patio situado en el centro de la casa. El perímetro del espacioso patio estaba adornado con varios limoneros, en un rincón había una mesa de hierro forjado con la comida que les había preparado Inês, además de una botella de vino y dos copas. 


La iluminación la proporcionaban unos farolillos con velas repartidos por distintos lugares alrededor de la mesa. Allí no había viento y el silencio solo se veía interrumpido por el canto de los grillos.


Paula se volvió a mirar al ama de llaves con una enorme sonrisa.


–Esto es precioso. Obrigado… Gracias, muchas gracias.
La mujer sonrió también.


–Que lo disfrute –dijo antes de marcharse.


Pero no era lo mismo estar allí sola y Paula no tardó en darse cuenta de que no podría disfrutar de todo aquello con la tensión que sentía por el hecho de que Pedro estuviese tardando tanto. Los minutos pasaban y seguía sin aparecer, así que llegó a la conclusión de que debía de haber ocurrido algo.


Quizá Marta le había dado malas noticias.


Acababa de decidir que no podía seguir allí esperando y que iría a buscarlo cuando apareció en la puerta, bajo el arco de buganvilla morada que recorría el marco.


Paula adivinó en su rostro cierto cansancio y tensión y, sin pensarlo un instante, fue hasta él y le agarró la mano. Los ojos se le llenaron de sorpresa y, cuando la sorpresa se convirtió en placer, a ella se le aceleró el pulso, y no precisamente de preocupación.


No le soltó la mano, sino que aprovechó para tirar de ella hacia sí. Paula se vio invadida por la alegría de volver a estar cerca de él, de sumergirse en el aroma de su perfume y de poder disfrutar del roce de su piel, algo que ansiaba más de lo que habría creído posible.


–Estaba preocupada –admitió.


–¿Por mí? –parecía asombrado–. ¿Por qué?


–Por si Marta te había dado malas noticias o… habías tenido que volver al trabajo por algún motivo y al final no podía verte esta noche. Me habría molestado mucho porque es evidente que trabajas demasiado y que necesitas descansar.


Para sorpresa de Paula, Pedro se echó a reír.


–No he recibido malas noticias, ni tengo que volver al trabajo. ¿Es por eso por lo que has aparecido de repente en mi vida,Paula? ¿Para que no trabaje más de la cuenta?


–A veces no debería decir lo que pienso, lo siento.


–No te disculpes jamás por ser sincera. Créeme, es mucho mejor que mentir. Ahora quiero que me digas algo con la misma sinceridad. Dijiste que habías vuelto agotada de África y esta mañana te quedaste dormida. ¿Te encuentras mejor? Si necesitas que te vea un médico, puedo hacer que venga alguien esta misma noche.


–Estoy bien, de verdad. Y no necesito que me vea ningún médico, pero muchas gracias por preguntármelo.


–Bueno, pues si estamos los dos tan bien, ¿qué te parece si nos relajamos y disfrutamos de la noche? –hizo una pausa y enarcó una ceja–. No recuerdo la última vez que alguien se preocupó por mí.


Lo dijo como si no tuviera la menor importancia, pero una vez más lo delataron sus ojos. Fue entonces cuando Paula supo que no podría, ni quería, negarle nada.


–Si es así –comenzó a decir al tiempo que le soltaba la mano para después atreverse a acariciarle lentamente los labios en un movimiento tan atrevido que no era propio de ella–, es que tus amigos no saben lo especial que eres.


–Si sigues diciéndome esas cosas… y tocándome así, no voy a poder cumplir la promesa de tener paciencia –confesó con la voz ronca.


–Entonces no lo hagas –respondió, mirándolo a los ojos fijamente porque no podía ocultar su deseo de entregarse a él y dejar que le hiciera el amor. Era como un río desbordado e imposible de controlar.


–¿Qué?


–No quiero que cumplas la promesa. No quiero que tengas paciencia. ¿Te acuerdas que antes te he dicho que podríamos volver a intentarlo?


De los labios de Pedro salieron unas palabras en portugués que ella no entendió, pero sí entendió el significado del beso que le dio a continuación. Fue un beso apasionado, ardiente y primitivo.


En ese momento no le importó la brusquedad porque nunca había deseado a ningún hombre de aquel modo y era halagador que también él la deseara con tanta pasión. En su cuerpo no había ya ni rastro de temor, ni de culpa, solo gratitud y alegría por poder entregarse libremente al placer.


Lo que sentía por él era tan intenso que sabía que cuando aquella aventura fugaz llegase a su fin, no podría sentirse atraída por ningún otro hombre.


Entonces dejó de besarla y se apartó de su rostro solo unos milímetros, lo justo para mirarla a los ojos.


–¿Me estás diciendo que me dejas que te lleve a la cama?


–¿Ahora? –había en su mirada un fuego por el que Paula ansiaba dejarse consumir.


–Meu Deus! Sí, ahora mismo… antes de que me vuelva completamente loco.


La agarró por la cintura y se la llevó de allí como si, efectivamente, no pudiera esperar más.